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RESUMEN DE LA DOCTRINA DE SOCRATES Y PLATÓN

 

I. El hombre es un alma encarnada. Antes de su encarnación existia unida a los tipos primordiales, a las ideas de lo verdadero, del bien y de lo bello, de las que se separa encarnándose, y recordando su pasado, está más o menos atormentada por el deseo de volver a él. 
No puede enunciarse más claramente la distinción y la independencia del principio inteligente y del principio material; además, es la doctrina de la preexistencia del alma, de la vaga intuición que conserva de otro mundo al cual aspira de su supervivencia al cuerpo, de su salida del mundo espiritual para encarnarse y de su vuelta a este mundo después de la muerte; es, en fin, el germen de la doctrina de los ángeles caídos. 

II. El alma se desvía y se turba cuando se sirve del cuerpo para considerar algún objeto; tiene vértigos como si estuviera ebria, porque se une a cosas que están por su naturaleza sujetas a cambios, en vez de que, cuando contempla su propia esencia, se dirige hacia lo que es puro, eterno, inmortal, y siendo de la misma naturaleza, permanece allí tanto tiempo como puede; entonces sus extravios cesan, porque está unida a lo que es inmutable, y este estado del alma es lo que se llama sabiduría. 
De este modo el hombre que considera las cosas de la tierra desde el punto de vista material, se hace ilusiones; para apreciarlas con exactitud, es menester verlas desde arriba, es decir, desde el punto de vista espiritual. El verdadero sabio debe, pues, aislar hasta cierto punto, el alma del cuerpo, para ver con los ojos del espíritu. Esto es lo que nos enseña el Espiritismo. (Cap. II, número 5). 

III. Mientras que tengamos nuestro cuerpo y el alma se encuentre sumergida en esta corrupción, nunca poseeremos el objeto de nuestros deseos: la verdad. En efecto, el cuerpo nos suscita mil obstáculos por la necesidad que tenemos de cuidarle; además, nos llena de deseos, de apetito, de temores, de mil quimeras y de mil tonterías, de manera que con él es imposible ser prudente ni un instante. Pero si es imposible conocer nada con pureza mientras el alma está unida al cuerpo, es necesario que suceda una de estas dos cosas: o que nunca jamás se conozca la verdad o que se conozca después de la muerte. Desembarazados de la locura del cuerpo, entonces conversaremos, es de esperar, como hombres igualmente libres, y conoceremos por nosotros mismos la esencia de las cosas. Por esto los verdaderos filósofos se preparan a morir, y la muerte no les parece espantosa. ("Cielo e Infierno", 1ª parte, cap. II; 2ª parte, cap. I). 
Este es el principio de las facultades del alma, obscurecidas por el intermediario de los órganos corporales y de la expansión de sus facultades después de la muerte; pero aquí se trata de las almas escogidas, ya purificadas, pues no sucede lo mismo con las almas impuras.

IV. El alma impura, en este estado, es arrastrada e impelida de nuevo hacia el mundo visible por el horror que tiene a lo invisible e inmaterial: entonces está errante, se dice, alrededor de los monumentos y de los sepulcros, cerca de los cuales se ban visto a veces tan tenebrosas, como deben ser las imágenes de las almas que han dejado el cuerpo sin estar enteramente purificadas, y que conservan algo de la forma material, lo que hace que puedan verse. Estas no son las almas de los buenos, si la de los malos, que están obligadas a permanecer errantes en estos parajes, adonde llevan consigo la pena de su primera vida y en donde permanecen errantes hasta que los apetitos inherentes a la forma material que ellas se han dado, las conducen a un cuerpo, y entonces vuelven, sin duda, a tomar las mismas costumbres que durante su primera vida eran objeto de sus predilecciones. 
No solamente se explica aquí el principio de la reencarnación con claridad, sino que está descrito, del mismo modo que lo demuestra el Espiritismo en las evocaciones, del estado de las almas que aun están bajo el irnperio de la materia. Hay más, y es que dice que la reencarnación en un cuerpo material es consecuencia de la impureza del alma, mientras que las almas purificadas están dispensadas de hacerlo. El Espiritismo no dice otra cosa; añade solamente que el alma que ha tomado buenas resoluciones en el estado errante, y que se halla en conocimientos adquiridos, tiene, al renacer, menos defectos, más virtudes y más ideas intuitivas que no tenía en su precedente existencia; y que de este modo, cada existencia implica para ella un progreso intelectual y moral. (Cielo e Infierno, 2ª parte: Ejemplos).

V. Después de la muerte, el genio (Daimón, demonio) que nos ha sido destinado durante nuestra vida, nos lleva a un paraje, en donde se reunen todos aquellos que deben ser conducidos a las Hadas para ser juzgados. Las almas, después de haber permanecido en las Hadas el tiempo necesario, vuelven a ser conducidas a esta vida "en numerosos y largos períodos.". 
Esta es la doctrina de los ángeles guardianes y espíritus protectores, y de las reencarnaciones sucesivas después de intervalos más o menos largos de erraticidad.

VI. Los demonios llenan el intervalo que separa el cielo de la tierra; son el lazo que une el gran todo con el mismo. No entrando nunca la Divinidad en comunicación directa con el hombre, por la mediación de los demonios es como los dioses se comunican y hablan con él, sea en estado de vela o durante el sueño. 
La palabra Daimón, de la que se ha formado demonio, no se tomaba en mal sentido en la antigüedad, como entre los modernos; no se aplicaba exclusivamente a los espíritus malhechores, sino a todos los espíritus en general, entre los cuales se distinguían a los espíritus superiores, llamándoles dioses; y a los espíritus menos elevados o demonios, propiamente dichos, que comunicaban directamente con los hombres. El Espiritismo dice también que los espíritus pueblan el espacio; que Dios no se comunica con los hombres sino por mediación de los espíritus puros, encargados de transmitir su voluntad; y que los espíritus comunican con ellos durante la vela y durante el sueño. Substituid la palabra demonio por espíritu, y tendréis la doctrina espiritista; poned la palabra ángel, y tendréis la doctrina cristiana.

VII. La preocupación constante del filósofo (tal como la comprendía Sócrates y Platón), es la de tener muchísimo cuidado con el alma, menos por esta vida, que sólo dura un instante, que por la eternidad. Si el alma es inmortal, ¿no es acaso más prudente el vivir para alcanzar la eternidad? El Cristianismo y el Espiritismo enseñan esto mismo.

VIII. Si el alma es inmaterial, debe pasar después de esta vida a un mundo igualmente invisible e inmaterial, del mismo modo que el cuerpo, cuando se descompone vuelve a la materia. Sólo que conviene mucho distinguir bien el alma pura, verdaderamente inmaterial, que se alimenta como Dios de la ciencia y de los pensamientos, del alma más o menos manchada de impurezas materiales, que la impiden elevarse hacia lo divino y la retienen en los lugares de su morada terrestre. 
Sócrates y Platón, como se ve, comprendían perfectamente los diferentes grados de desmateríalización del alma, e insisten sobre la diferencia de situación que resulta para ella de su mayor o menor pureza. Lo que ellos decían por intuición, el Espiritismo lo prueba con numerosos ejemplos que pone a nuestra vista. (Cielo e Infierno, 2ª parte).

IX. Si la muerte fuese la completa disolución del hombre, sería una ventaja para los malos, después de su muerte, el quedar libres, al mismo tiempo, de sus cuerpos, de sus almas y de sus vicios. Aquél que adornaba su alma no con una compostura extraña, sino con la que le es propia, sólo aquél podrá esperar tranquilamente la hora de su partida para el otro mundo. 
Esto es decir, en otros términos, que el materialismo que proclama la nada para después de la muerte, sería la anulación de toda responsabilidad moral ulterior, y por consiguiente, un excitante del mal; que el malo cree ganarlo todo con la nada; que sólo el hombre que se ha despojado de sus vicios y se ha enriquecido de virtudes, puede esperar tranquilamente el despertar a la otra vida. El Espiritismo nos enseña con los ejemplos que pone todos los días a nuestra vista, cuán penoso es para el malo el tránsito de una vida a otra y la entrada en la vida futura. (Cielo e Infierno, 2ª parte, cap. I).

X. El cuerpo conserva los vestigios bien marcados de los cuidados que se han tenido por él o de los accidentes que ha experimentado; lo mismo sucede con el alma; cuando se despoja del cuerpo, lleva las señales evidentes que cada uno de los actos de su vida le han dejado. De este modo la mayor desgracia que puede sucederle al hombre, es el irse al otro mundo con un alma cargada de crimenes. Ya ves Callicles, que ni tú, ni Polus, ni Gorgias, podriais probar que debe seguirse otra conducta que nos sea útil para cuando estemos allá. De tantas opiniones diversas, la única inquebrantable es la de que "vale más recibir una injusticia que cometerla", y que ante todo debe uno dedicarse, no a parecer hombre de bien, sino a serlo. (Conversaciones de Sócrates con sus discípulos en la prisión). 
Aquí se encuentra este punto capital, confirmado hoy por la experiencia, es a saber; que el alma no purifícada, conserva las ideas, las tendencias, el carácter y las pasiones que tenía en la tierra. La máxima: "Vale más recibir una injusticia que cometerla", ¿no es enteramente cristiana? Es el mismo pensamiento que Jesús expresa con esa figura: "Si alguno os hiere en una mejilla, presentadle la otra". (Cap. XII, núms. 7 y 8).

XI. Una de dos: o la muerte es una destrucción absoluta, ó es el tránsito del alma a otro paraje. Si debe aniquilarse todo, la muerte será como una de esas noches raras que pasames sin soñar y sin ninguna conciencia de nosotros mismos. Pero si la muerte sólo es un cambio de morada, el tránsito a un lugar en que los muertos deben reunirse, ¡qué diera volver a encontrar a los que hemos conocido! Mi mayor placer fuera poder examinar de cerca los habitantes de esa morada y distinguir en ellos, como aquí, a los que son sabios, de aquellos que creen serlo, y no lo son. Pero ya es hora de separarnos, yo para morir y vosotros para vivir. (Sócrates a sus Jueces). 
Según Sócrates los hombres que han vivido en la tierra, se vuelven a encontrar después de la muerte y se reconocen. El Espiritismo nos lo ofrece continuando las relaciones que tuvieron de tal modo, que la muerte no es ni una interrupción, ni una cesación de la vida, sino una transformación sin solución de continuidad. 
Si Sócrates y Platón hubiesen conocido las enseñanzas que Cristo dió 500 años después, y las que dan ahora los espíritus, hubieran dicho lo mismo. No debe sorprendernos esto si consideramos que las grandes verdades son eternas, que los espíritus adelantados debieron conocerlas antes de venir a tierra, a donde los trajeron; que Sócrates, Platón y los grandes filósofos de su tiempo, pudieron ser más tarde del número de aquellos que sécundaron a Cristo en su divina misión, siendo elegidos precisamente porque estaban más que los otros en disposición de comprender sus sublimes enseñanzas, y que, finalmente, pueden hoy formar parte del número de los espíritus encargados de venir a enseñar a los hombres las mismas verdades.

XII. "Nunca debe volverse injusticia por injusticia, ni hacer mal a nadie por daño que nos haya hecho". Pocas personas, sin embargo, admitirán este principio y las gentes que sobre este punto están divididas, se desprecian las unas a las otras. 
¿Acaso no es este el principio de caridad que nos enseña no volver mal por mal y perdonar a nuestros enemigos?

XIII. "Por el fruto se conoce el árbol". Es preciso calificar cada acción según el fruto que resulta de ella; llamarla mala, cuando de ella proviene el mal, y buena, cuando de ella nace el bien. 
Esta máxima : "Por el fruto se conoce el árbol", se halla repetida textualmente en muchos parajes del Evangelio.

XIV. La riqueza es un gran peligro. Todo aquel que ama la riqueza, no se ama a sí mismo ni a lo que está en él, sino a una cosa que le es más extraña que lo que está en él. (Capítulo XVI).

XV. Las más hermosas oraciones y los más bellos sacrifícios, agradan menos a la Divinidad que una alma virtuosa que se esfuerza en parecérsele. Sería muy grave que los dioses aceptasen más bien nuestras ofrendas que nuestras almas: por este medio, las más culpables podrían hacérselos propicios. Pero sólo son verdaderamente justos y prudentes aquellos que por sus palabras y por sus actos cumplen con lo que deben a los dioses y a los hombres. (Cap. X, números 7 y 8).

XVI. Yo llamo hombre vicioso a este amante vulgar que prefiere el cuerpo al alma. El amor está en todas partes: en la naturaleza, invitándonos a ejercer nuestra inteligencia; hasta se encuentra en el movimiento de los astros. El amor es el que adorna a la naturaleza con sus ricos tapices y pasa y fija su mirada en donde encuentra flores y perfumes; también es el que da paz a los hombres, calma al mar, silencio a los vientos y tregua al dolor. 
El amor que debe unir a los hombres como un lazo fraternal, es una consecuencia de esta teoría de Platón sobre el amor universal como ley de la naturaleza. Habiendo dicho Sócrates que "el amor no es un Dios, ni un mortal, sino un gran demonio", es decir, un gran espíritu que preside el amor universal, esta palabra, sobre todo, fué la que se le imputó como un crimen.

XVII. La virtud no puede enseñarse; viene como un don de Dios a los que la poseen. 
Con poca diferencia es la doctrina cristiana sobre la gracia; pero si la virtud es un don de Dios, es un favor y puede preguntarse por qué no se concede a todos; por otra parte, si es un don, no tiene mérito para el que la posee. El Espiritismo es más explícito; dice que el que posee la virtud, la ha adquirido por sus esfuerzos en sus existencias sucesivas, despojándose poco a poco de sus imperfecciones. La gracia es la fuerza con que Dios favorece a todo hombre de buena voluntad para despojarse del mal y hacer el bien.

XVIII. Hay una disposición naturai en cada uno de nosotros, y es que nos apercibimos menos de nuestros defectos que de los ajenos. 
El Evangelio dice: "Veis la paja en el ojo de vuestro vecino y no veis la viga en el vuestro". (Cap. X, números 9 y 10).

XIX. Si los médicos fracasan en la mayor parte de las enfermedades, "es porque tratan al cuerpo sin el alma", y no estando el todo en buena disposición, es imposible que la parte esté buena. 
El Espiritismo da la clave de las relaciones que hay entre el alma y el cuerpo, y prueba que existe una reacción continua entre una y otro; de este modo abre un camino nuevo a la ciencia, enseñándole la verdadera causa de ciertas afecciones y proporcionándole los modios de combatirlas. Cuando la ciencia conozca mejor la acción del elemento espiritual sobre la economía, fracasará con menos frecuencia.

XX. Todos los hombres a contar desde la infancia, hacen mucho más mal que bien. 
Estas palabras de Sócrates tocan la grave cuestión del predominio del mal en la tierra, cuestión irresoluble sin el conocimiento de la pluralidad de mundos y del destino de la tierra, en la que sólo habita una fracción muy pequeña de la humanidad. Sólo el Espiritismo da la solución que se desarrolla más adelante en los capítulos II, III y V.

XXI. La verdadera sabiduría está en no creer saber lo que no se sabe. 
Esto se dirige a las gentes que critican aquello de que a menudo no saben ni una palabra. Platón completa este pensamiento de Sócrates diciendo: "Procuremos antes, si es posible, hacerles más circunspectos en palabras; sino, no nos ocupemos de ellos y no busquemos sino la verdad. Procuremos instruirnos, pero no injuriemos". Así es como deben obrar los espiritistas con respecto a sus contradictores de buena o de mala fe. Si Platón viviese hoy, encontraría las cosas poco más o menos como en su tiempo y podría usar el mismo lenguaje. Sócrates encontraría también quien se burlase de su creencia en los espíritus y le tratase de loco, lo mismo que a su discípulo Platón. 
A causa de haber profesado Sócrates estos principios, cayó en el ridículo primero, después fué acusado de impío y condenado a beber la cicuta; tan cierto es que las grandes verdades nuevas, sublevando contra ellas los intereses y las preocupaciones que destruyen, no puede establecerse sin lucha y sin hacer mártires. 36 37